
Y es que aveces me da por querer, por amar más de la cuenta, y sacar los ojos a cualquier escena y contemplarla.
Y hoy amé el cielo, amé mi casa y su techo, y el nunca bien visto pino, que jamás en su vida ha dado algo productivo aparte de piñas malformadas,definitivamente, ese árbol tiene un problema. Lo único que hace es no parar de crecer y está ahí a un lado de la quinta que me ha visto crecer y que se ha ido deteriorando.
Y cada vez se deteriora más, y yo la miro menos. Y ya no salgo a explorar ni me impresionan las flores nuevas que han brotado de sus tierras negras y sus caminos de piedrecillas blancas o las sombras que se asoman como monstruos de entre las malezas en el atardecer de esta quinta-selva.
Ahora es distinta, igual la amo, porque me cautiva. Si, me cautiva la extraña propiedad que tiene de cambiar y mimetizarse con las estaciones y esconderse con los años y parecerme tan desconocida luego de alojar mis llantos, mis miedos mis alegrías y mis tristezas; mis secretos.
El invernadero del fondo ya no alberga a mis amigos de color verde que me escuchaban en confesiones bajo llave, ahora sólo sirve de refugio para insectos y uno que otro pájaro que se desvía de su naturaleza y le dá por dejar los árboles y formar nido dentro del invernadero. A decir verdad, no engaña a nadie, con una simple mirada se puede ver que su papel ya no lo cumple nada de bien, con su esqueleto a medio caer con clavos oxidados,
y el nylon desordenado por los vientos y las muchas lluvias que han pasado desde que ya no me escondo en su calor acojedor que ofrecía en las tardes de otoño.
Los tres castaños tan fieles como siempre siguen dando sus pelotas espinosas que el mismo jardinero de hace 10 años sigue acumulando alrededor de los árboles, igual que siempre, para esperar que maduren y sacar las castañas para obviamente entregárselas a la dueña de casa, pero sin no antes dejarse una parte, y es aún más la mejor parte para él.
Y así podría seguir con muchas cosas más como el viejo parrón que nunca tuvo juventud porque nunca dio buena uva. De ahí vino mi traba con las uvas moradas,según yo todas eran malas.Para mí que siempre fue viejo, o yo prefiero pensar eso para no cortar la magia que pueda tener la quinta.
Ahí está la quinta, como si escondiera un secreto, un secreto que sólo comparte con quien la ame y la acompañe, incondicionalmente.